Soy Ander Villacián Crespo (2003), bilbaíno y estudiante del doble grado de Ciencias Políticas y Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Entre mis aficiones está la escritura y precisamente, he participado como poeta en recitales en el Círculo de Bellas Artes de Madrid o los Teatros del Canal. Además, he colaborado en una serie de publicaciones poéticas, tanto en revistas como en antologías.
Mi interés por la memoria histórica proviene no solo de los testimonios familiares que he recibido, sino que responde también a un compromiso político que me lleva a aproximarme a aquellos acontecimientos de nuestra historia que han sido deliberadamente borrados. Por ello, participé en la primera edición de Ruta al Exilio, un proyecto que pretende sensibilizar sobre los exilios forzados de la Guerra del 36. También asistí al I Congreso de la Desbandá como voluntario y posteriormente en la VII Marcha.
MEMORIA PERSONAL SOBRE LA DESBANDÁ 2023
ANDER VILLACIÁN CRESPO
JUSTIFICACIÓN
Este documento sirve como síntesis de la experiencia vivida entre los días 1 y 5 de febrero de 2023 en el seno de la marcha memorialista de la Desbandá que recorre las provincias de Málaga, Granada y Almería para homenajear a las víctimas de este acontecimiento histórico de la guerra del 36. Como sabemos, la conocida como Huía o Desbandá1 fue uno de los mayores bombardeos continuados de la historia de no solo España, sino también Europa, además del segundo mayor proceso exílico de la Guerra de España y una de las mayores atrocidades acometidas por el bando sublevado. No obstante, las circunstancias fácticas que rodearon este acontecimiento, así como la propia condición de abandono, olvido y postcolonialismo a la que hace frente Andalucía como nación impidieron una difusión mayor de este suceso. Tanto es así que la gran mayoría de la población civil desconoce lo sucedido en la Carretera de la Muerte a pesar de que vivan en la misma ciudad en la que estos hechos tuvieron lugar. Queda claro, pues, que este olvido no es solo un arma peligrosísima y que debe ser aplacada, sino que asimismo responde a unos intereses concretos que pretenden cercenar la memoria republicana sobre los crímenes de lesa humanidad que tuvieron lugar en territorio andaluz.
Por consiguiente, esta memoria responde al objetivo de compendiar los pensamientos y reflexiones que pudo despertar esta experiencia. Pero, además, persigue favorecer la construcción de herramientas pedagógicas efectivas para la formación del alumnado andaluz y por extensión, del estado español, así como para la sensibilización social sobre la gravedad de la Desbandá. Por ello, expondré mi visión personal en relación a la propia ruta y a la visita al
I.E.S. Pablo Picasso de la ciudad de Málaga en el que estuvimos en contacto con alumnado de los dos cursos de bachillerato. Ofreceré, igualmente, indicaciones y percepciones totalmente subjetivas en relación a cauces de mejora y debilidades de la actual estrategia que pueden ser tomados en cuenta o no. Mi nombre es Ander Villacián Crespo, con DNI 79180685-B, tengo diecinueve años y soy estudiante del doble grado de Ciencias Políticas y Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. En este documento ahondaré en las sensaciones, vivencias y creaciones que despertó formar parte, aunque solo fuera durante las cuatro primeras etapas de Fuengirola a Salobreña, de la marcha que cada año rememora la huida que tuvo lugar en febrero del 37. Como se dice en mi lengua materna, izan zirelako gara eta garelako izango dira, es decir; porque fueron somos y porque somos serán.
1 Evitaremos a toda costa el uso de comillas o cursivas y así creemos que debe hacerse en toda comunicación o estudio sobre este acontecimiento para dignificar el habla andaluza y no entrecomillar la memoria.
LLEGAR A LA MEMORIA, COMENZAR A TRANSITAR
José Saramago consideraba que hay que regresar a la memoria ̶ como diría Celaya
«trabajar [r…] España en sus aceros» ̶ , que hay que «recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia». Quizá esta cita sirva de justificación suficiente para explicar por qué hacemos lo que hacemos, qué es lo que activa el impulso colectivo gracias al cual se ponen en marcha los resortes de la memoria. Pero en un país donde todavía impera aquel «muerte a la inteligencia» precisamos de símbolos, de lenguajes cotidianos, de imágenes claras y crudas con las que nuestra lucha pueda ser comprensible para toda persona. En resumen, necesitamos los cuerpos.
Durante siglos la filosofía se ha olvidado del cuerpo y ni siquiera era consciente de semejante olvido. Operaba por encima de él, tratando de hallar un sentido mayor donde no cabía la inmediatez, lo tangible, lo material. Es decir, todo aquello que constituía el epicentro de las preocupaciones cotidianas de la gente. La filosofía no era para la gente, era la gente la que se deslindaba de su propia condición de humanidad para tratar de disimular un hacer filosófico. Ese es probablemente uno de los peligros que corre todo movimiento, toda labor política: el olvidarse de los cuerpos, el inscribirse en un discurso y distanciarse del soporte físico y corporal en el que todo empieza a tomar forma. No se puede matematizar el dolor de la misma forma que no se puede circunscribir la memoria al mero relato historicista.
Esto no quiere decir que debamos vaciar de potencial intelectual y dialéctico la labor ciudadana de la memoria, sino que la memoria debe entrar en todos los códigos y lenguajes posibles, aproximarse a todos los lugares de donde ha sido expulsada. Al fin y al cabo, son otros los resortes con los que se podrá poner en funcionamiento la resistencia civil a la desmemoria e iniciar una reflexión social sobre nuestro pasado. Señala justamente Julien Green que «el recuerdo es también un despertar», o en otras palabras, un iluminar, un tomar conciencia, un alzarse de los lodos de la abulia, el gregarismo y la sensación de derrota. Porque tal y como decía Freud «la conciencia surge justamente en el lugar de la huella de un recuerdo». Si no hay presencia topográfica, física, del recuerdo, si no hay un espacio visitable donde uno recobra la voz; no hay posibilidad de conciencia alguna.
Walter Benjamín distingue entre memoria y recuerdo. Para él la primera tiene la función de la “protección de las impresiones” mientras que el recuerdo “tiende a su deterioro”. Por lo tanto, la memoria es esencialmente conservadora mientras que el recuerdo es destructivo. Nuestra labor debe aproximarse más a la memoria (“el medio de lo vivido, al igual que la tierra viene a ser el medio en que las viejas ciudades están sepultadas. Y quien quiera acercarse a lo que es su pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava”). No obstante, esta labor conservadora debe tomarse con mucho cuidado, pues no se trata de una conservación en formol, sino una conservación arqueológica que traiga a presente y haga vivenciales los dispositivos memorísticos. Mediante la politización de la memoria se puede generar una conciencia crítica ciudadana que tenga criterio de su propia posición en el mundo.
Una vez realizados estos apuntes y teniendo en cuenta que esto no pretende ser un ensayo filosófico, creo que es crucial entender que la urgencia y el llamamiento de la memoria no es algo que surge ex nihilo. Precisamente, este campo ha sido ampliamente estudiado por una muy reseñable tradición del pensamiento. Así lo recoge, por ejemplo, Reyes Mate en La herencia del olvido donde nos muestra cómo el reto de hacer y construir memoria pasa necesariamente por un contenido intelectual en el que la polifonía heredada de voces y testimonios sea el eje vertebrador.
PISAR LAS HUELLAS Y MIRAR A FUTURO
Probablemente, la posibilidad de escribir estas líneas, bajo la esperanza de que sean leídas por alguien, nace de una preocupación. Es la preocupación de que las personas jóvenes que vivimos en este país podamos hacerlo sin olvidarnos de que andamos sobre una tierra donde se esconden 114.226 personas desaparecidas. La preocupación ante la posibilidad de que se apaguen las luces de la memoria, de que no quede más que ceniza y gane la partida el relato de la equidistancia, transicionista y oficialista. Que solo perdure ese discurso que nos aboca obligadamente a la indiferencia, a la mansedumbre y a un pensamiento peligrosamente gregario.
Y no es que nosotras formemos parte del proceso de decisión. La juventud se ha visto desposeída de la posibilidad de configurar una memoria, de tejer una red de militancia y creer en horizontes políticos esperanzadores. El franquismo sociológico a través de sus mecanismos represivos, institucionales y mediáticos lleva día a día mediante el lawfare, las amenazas o las más burdas de naturalizaciones la batuta en este esfuerzo por adormecernos. No es que no queramos tomar conciencia, es que no nos dejan pensar. Nos han enseñado a no hacerlo, ya sea a través de un sistema educativo atávico y restrictivo o como resultado de las escasa vías de participación con las que contamos para sentirnos oídas y representadas. El adormecimiento a través del consumo y el ocio vacía que más que entretener, distrae, es el resultado de un neoliberalismo que lo hace todo para evitar que mayo del 68 o incluso el 15-M pueda repetirse.
Es triste que lo anómalo en este país sea la conjunción memoria y juventud. Y no solo triste, es contradictorio. La memoria debe ser joven en su sentido más esencial pues es joven un país que renueva su sensibilidad y se mueve por su herencia. El que acoge las herramientas de la historia para defender un presente donde quepan todas las personas y se construya una sociedad justa e integradora. En mi caso, la memoria histórica había estado siempre reverberando en las paredes de casa implícitamente, como un leve susurro al que tuve que acercar la oreja para escucharlo. Preguntarle a mi bisabuela sobre los bombardeos fascistas o a mi abuela sobre la represión lingüística en la zona rural de Euskadi no era fácil porque en este país todas heredamos un silencio. Es un silencio que va de suyo, que aprendemos y ya ni nos sorprende pues lo extraño es la voz, el grito, la súplica, la denuncia tras siglos viviendo en los márgenes, en una periferia dibujada con fronteras rojas sobre la tierra. Romper el silencio es como arar una tierra helada y que no deja ser levantada, es clavar con fuerza una azada que nunca nos enseñaron cómo empuñar.
Es por eso que creo que todo ejercicio de memoria conlleva necesariamente desafiar a los poderes fácticos, oponerse a la tendencia natural de aquello en lo que hemos sido educadas. Personalmente, llegué a la memoria histórica porque tuve la suerte de contar con restos de testimonios, con sedimentos de memoria que aparecían como anécdotas o historias familiares. Digo que tuve suerte porque no ha sido así para mucha gente de mi generación. Personas que no han podido conocer como ha sido mi caso a un superviviente de los campos de concentración franquistas y del exilio republicano, pues creo que vivencias así le cambian la mirada a uno. Y también fui afortunado al formar parte del que es probablemente el primer proyecto de educación itinerante en memoria para la juventud del estado español: Ruta al Exilio, una marcha de treinta jóvenes de 16-17 años que andan el mismo camino que hicieron las republicanas españolas de 1939.
Así pues, cuando me inscribí a Ruta al Exilio lo hacía con el convencimiento de que me estaba aproximando a una cuestión que siempre me había afectado sobremanera. Lo hacía con la constatación de que me había sido negado un relato distinto puesto que cuando yo llegué a 2º de Bachillerato tenía la esperanza de emocionarme, de sentir presentes a mis muertos y a mis abuelos. Pero no fue así, me encontré con la dejadez absoluta, con un relato que favorecía el discurso de la transición y que no ponía el acento en las víctimas, en las vulneraciones de derechos acometidas y en la represión hostigada durante décadas.
A pesar de que en Euskadi el franquismo tenga un peso de gran importancia en el currículum de Historia de España, lo cierto es que lo hace como una retahíla de sucesos, nombres y eventos que deshumanizan la historia. Es una forma de alejar la vivencialidad del drama que supuso para millones de españoles la dictadura franquista. En ningún momento nos hablaron del papel de las mujeres, del exilio interior, de los campos de concentración o los trabajos forzados. Y a todo esto hay que sumarle el sistema mecanicista, de deglución de la información que impone un bachillerato que solo mira a las pruebas de acceso a la universidad. Es información y no carne, guerra sin cuerpos, historia sin memoria.
Por descontado, la Desbandá no fue mencionada en mis clases de bachillerato, pero sí que lo fue en Ruta al Exilio. Gracias a esta experiencia, pude generar una red de personas provenientes de distintos territorios, lenguas y memorias que compartíamos un mismo impulso militante por revertir la tendencia natural a la desmemoria. Sin exigencia académica alguna, la ruta era consciente de que teníamos perfiles muy diversos y de que su éxito dependía en la capacidad de acercarnos aquella historia que a todos nos afectaba como algo de lo que formábamos parte, como algo que iba más allá de los libros de texto y los pupitres. Por eso, precisamente, son tan importantes iniciativas como esta que persigan personificar y territorializar el legado memorial de un país. Caminar sobre huellas borradas, reabrir sendas cubiertas por la maleza, escuchar los llantos en medio del ruido de las olas… hacer el mismo esfuerzo que se propone la ASC La Desbandá es un imperativo moral y ciudadano.
Ahora bien, se nos presenta un problema de gran calado: ¿cómo conseguir que generaciones más jóvenes formen parte de la marcha de la Desbandá o que al menos participen en la lucha por su visibilización y dignificación? A mi parecer, lo primero es más difícil pues las características de la ruta y más aún, las fechas en las que se realiza impiden la participación de otros segmentos poblacionales. Esto no quiere decir que no se puedan crear otros recorridos en distintas épocas del año o que se siga abriendo la puerta a una participación por etapas que anime a que más gente se acerque en los fines de semana. Es también esencial que se apueste por una fuerte presencia no solo en institutos, pero también en las redes pues esta no es una cuestión de ninguna forma baladí. Conviene que se persigan nuevas estrategias comunicativas mediante el asesoramiento de personas más jóvenes. De esta forma, las plataformas digitales no servirán de mero recordatorio de las actividades planeadas para las personas que ya están involucradas en el movimiento memorialista o la militancia política activa, sino como escaparate de la asociación de cara a personas que se mueven por ámbitos que no les han permitido conocer de momento qué es la marcha integral de la Desbandá.
En cuanto a cómo he vivido yo las etapas realizadas, debo decir que para mí ha sido en todo momento muy emocionante. No solo por ir acompañado de mis amigas de Ruta al Exilio a las que después de dos años siento como personas cercanas y compañeras de lucha, pero también por todas las conversaciones en el camino, por los aprendizajes sobre una tierra que no conozco tanto como me gustaría o por las promesas a futuro de nuevos encuentros y esfuerzos colectivos. Emocionante que el mar respondiera a nuestras preguntas, así como la acogida de todas aquellas personas que nos encontrábamos por la carretera. Pero también, realizar una labor in situ de memoria para la ciudadanía, trayendo a presente algo que ha sido silenciado, borrado y amordazado. Ha sido emocionante también porque como estudiante de Ciencias Políticas conozco el panorama de crispación y triunfo de discursos neofascistas al que se enfrenta Andalucía, condenándola a una nueva legislatura de infrafinanciación, privatizaciones y abandono. Con una extrema derecha galopante y nostálgica que triunfa excelsamente en la provincia de Almería, pero también en toda Andalucía, es esta iniciativa un ejemplo de empeño por no claudicar ante las fuerzas del acabamiento y el revisionismo.
Si he de comparar esta marcha con otras realizadas, debo decir que la logística y la organización nos han dejado en todo momento impresionados. Supongo que la experiencia otorga otra disciplina, pero en todo momento me ha sorprendido el respeto a los tiempos y la capacidad de movilizar tan efectivamente cientos de personas. Creo que es una imagen muy efectiva frente a los discursos derrotistas que pregonan la desmovilización de la izquierda mostrar cómo casi un millar de personas se reúnen para recodar a las refugiadas republicanas. Otro aspecto muy positivo es el contenido pedagógico de la ruta. Con esto quiero decir que la experiencia vivida en la marcha de la Desbandá ha sido muy enriquecedora pues ha supuesto una contraparte fundamental al congreso para sentir desde una mayor proximidad todo aquello que había aprendido. Una vez dicho esto, me parece de vital importancia que la marcha contenga charlas y formaciones en relación a los espacios que se transitan, entendiendo que ambas áreas (ruta y formación) son concomitantes y se retroalimentan.
Aun así, quiero insistir una vez más en que hay una serie de aspectos que deben ser fortalecidos para garantizar la comunicación intergeneracional y una colaboración que posibilite que durante las próximas décadas este proyecto se mantenga y crezca. Es fundamental asegurar la paridad y por ello felicito a la organización por poner el acento feminista en esta edición, más esa debiera ser la tónica imperante no solo para guardar consideración de la mayoría de mujeres que caminaron la carretera de la muerte, sino también para crear un espacio seguro y cómodo para todas al incluir a todo tipo de personas.
Por ende, es preciso formar a las participantes no solo en cuestiones íntimamente ligadas a la Desbandá, sino ampliar la formación (y así creo que se está empezando a hacer) en aspectos que en teoría se alejan de la cuestión que nos atañe. Es necesario crear espacios de convivencia donde nadie se sienta violentada y crear vías de participación donde los malestares o inquietudes puedan ser verbalizados cómodamente. Evidentemente, yo acabo de llegar y estas apreciaciones las hago desde la ignorancia y la lejanía de quien no lleva detrás años de trabajo sacrificado para hacer esto posible y por eso os estoy inmensamente agradecido.
Sin embargo, creo que es crucial que los cauces de participación de personas más jóvenes garanticen que formen parte de la toma de decisiones y la valoración integral del proyecto. De lo contrario, no será posible mejorar y crecer. Es importante que la inclusión de personas jóvenes no se limite a una simple apreciación de su presencia (nos sentimos en términos generales muy acogidas con una cordialidad y generosidad que nunca pudimos imaginar). Actividades como el conversatorio intergeneracional que hicimos con las supervivientes fueron un acierto, pero es importante respetar los espacios y que la valoración de nuestra participación no se limite a un fetichismo de la juventud. Justamente, creo que todas somos jóvenes de espíritu y exige ser muy joven poder sacar adelante algo como la marcha integral de la Desbandá. Asimismo, es importante respetar los silencios, la participación de todas y poder respetar el simbolismo de ciertos lugares. Por eso, aunque sea algo menor creo que es importante dejar hablar a las supervivientes, medir las intervenciones y qué espacio corresponde a cada una. Recordar, aunque sea una bagatela que los móviles deben permanecer apagados en los actos y tal vez limitar los aplausos.
En términos generales, creo que la Desbandá ha sido una experiencia que agradezco muchísimo poder haber vivido, en la que he aprendido y he crecido como persona. He llegado a realidades de las que nunca había escuchado hablar y he constatado cómo ciertas personas se dejan la piel para que las fuerzas del odio no nos ganen la partida. Lógicamente, queda mucho por hacer y muchas personas a las que llegar, pero creo que para eso nos hemos sumado. Para hacer pedagogía y tratar de remar en la misma dirección, aunque quizá en ocasiones nuestras formas y experiencias nos lleve a tomar decisiones un poco distintas. Se trata de tomar la batuta desde el cariño, el respeto y la admiración absoluta para incluir nuevos códigos y lenguajes.
LA DESBANDÁ EN LAS AULAS
Quisiera clarificar que el instituto Pablo Picasso de Málaga es un centro público, de tamaño medio y que se sitúa en un barrio de la periferia de Málaga con un alumnado en una situación socioeconómica compleja que no puede ser efectivamente atendida por la comunidad educativa. Una vez dicho eso, quisiera añadir que la experiencia fue fantástica. Visitamos el centro Ana Pomares, Ana María (becada), Ana y Mª José de la organización y yo y sinceramente me quedé impresionado. Conozco perfectamente lo complejo que puede resultar comunicar a personas de esas edades y hacerles ver la importancia de una cuestión que naturalmente van a asociar al ámbito escolar. Sin embargo, creo que la sensación de sentirse arropadas por una mujer que podría ser su abuela y que les hablaba desde la cercanía, la familiaridad y la experiencia ayudó muchísimo.
Realizamos dos turnos con una media hora de separación y ambos tuvieron la duración de una clase de instituto. En ambos habría unas dos clases (50-60 alumnas) de primero y segundo de Bachillerato. Ana habló en los dos turnos unos veinticinco minutos, contando como es natural, de forma un tanto desordenada, pero insistiendo en aquello que le había marcado más, en las anécdotas y las sensaciones. Le prestó mucha atención al miedo, el hambre, la incomprensión y no tanto a los detalles diríamos más históricos. En esto hicieron más hincapié los profesores y Ana y María José para que el alumnado entendiera la gravedad y profundidad de los hechos que narraba Ana Pomares. La participación fue tímida en un principio y fue sobre todo animada una vez Ana María y yo intervinimos contando nuestra propia experiencia en materias de memoria histórica, cómo se nos había negado una formación en esas cuestiones en el instituto y qué estábamos haciendo en el seno de la Desbandá. Además, hubo preguntas (¿cómo era la vida en la República?, ¿qué recordaban de su infancia?, ¿hubo algún recuerdo feliz o de alguna forma bonito en medio del horror de la Desbandá?, ¿por qué huían?); cuestiones que a nosotras no se nos había ocurrido preguntar y que extrañaban al profesorado, pero que, a mí, a título personal, me parecieron naturales y muy pertinentes.
Sí que es cierto que la tónica general fue mucho más favorable cuando el profesorado no participó en la charla (en la mesa con Ana y manteniendo por así decirlo el orden y el silencio) que fue la primera vez. Precisamente, en esta ocasión las y los alumnos se sintieron con mucha más comodidad para hablar, ser ellas mismas y no percibir de alguna forma que estaban en el instituto. Muchas se acercaron a hablar con Ana y me dijeron que tenían la sensación de estar hablando con su abuela. Esto último creo que es muy importante pues ofrece una cercanía y una familiaridad que una charla normal en el instituto no puede garantizar, se está trayendo al alumnado por así decirlo al salón de casa de una señora que podría ser su abuela y por tanto, actúan como si estuvieran en tal. Esto no funciona tanto, en cambio, cuando se introduce al profesorado que rompe esa naturalidad. Es también importante que no haya pasividad, que sea un conversatorio y en esa parte creo que de alguna forma ayudamos nosotras al mostrar que hay gente joven involucrada en la memoria histórica. Además de las preguntas, hubo un momento mágico en el que el alumnado comenzó a compartir historias fragmentarias, recompuestas u oídas a voz baja de su familia: fusilamientos, exilios, personas desaparecidas…
Fueron media docena de personas que sorprendían a sus compañeras que jamás habían escuchado eso y no habían tenido la oportunidad de hablar ellas solas. De tener un espacio propio para tratar esa herida generacional sin la intervención de su profesorado que muchas veces con la mejor de las intenciones, pero que lo encorsetan todo a un horario, un curriculum y unas necesidades docentes. Vivimos frente a frente el sentido más comunitario de la historia. Personas migrantes o que simplemente no tenían familiares vivos de la tercera edad o abuelos que pudieran y quisieran hablar de lo sucedido vivían por primera vez la impresión de que la historia no son meras cifras y tácticas militares, sino nombres y apellidos, vidas y sueños. Además, parte del alumnado se nos acercó a nosotras para preguntar sobre cómo participar en la Desbandá o con dudas sobre estudiar historia o arqueología e incluso para darnos las gracias.
Con esto quiero decir que es esencial que el alumnado participe, que sea protagonista. Llevarlo a los lugares de memoria, incentivar su pensamiento mediante trabajos creativos y que todo se haga desde la más absoluta libertad (no importa que se adapten los lenguajes, es una cuestión seria claramente, pero funciona mucho mejor a veces escaparse de lo canónico y emplear elementos que les sean más próximos y accesibles aunque eso suponga sacrificar el tono que caracteriza al trabajo en memoria histórica, pero es que finalmente estamos hablando de un producto creado por y para ellos). Es muy importante hacer y no solo la mera recepción de información. En eso insiste repetidamente la LOMLOE y justamente, creo que el nuevo marco legal, aunque sea muy deficitario, favorece el trabajo que se puede desarrollar en este ámbito al poner el acento en el ámbito competencial y posibilitar la interdisciplinariedad. Se pueden proponer proyectos docentes interdepartamentales para trabajar la cuestión de la Desbandá durante pongamos una o dos semanas. No solo desde Historia: Lengua Castellana e Inglés favorecen el análisis de textos y producciones literarias ligadas a la guerra y el exilio republicano, Música es otro claro ejemplo con todo el cancionero republicano español (¿qué se cantaba en la Desbandá?) y así podemos continuar con Filosofía (en una ciudad como Málaga María Zambrano debe ser estudiada) y si hay voluntad, las disciplinas más científicas.
No estamos hablando del ámbito universitario, esta cuestión debe llegar también a las escuelas. No importa que María Zambrano o García Lorca no hiciesen la Desbandá, pero pueden ser figuras cercanas y que forman parte del temario a través de las cuales se puede trabajar de forma transversal qué es lo que sucedió en la carretera de Málaga a Almería y qué fue de aquella gente. Hacer visible cómo la falta de medios y repercusión internacional han ocasionado el desconocimiento sobre lo acaecido en aquel mes de febrero. Cómo el no haber un Gernika o una película de renombre sobre esta temática dificulta su reconocimiento y también da pie a discursos revisionistas y negacionistas. Es muy importante también que mientras sea posible gente con una vinculación personal y emocional mientras quieran y tengan fuerzas vayan a institutos para así favorecer la historia oral, la narración en carne viva. También es necesario que estas charlas se distancien de lo académico, se centren en lo vivencial, en las imágenes y las anécdotas. Sinceramente, no debería importarnos demasiado que el alumnado no sepa a ciencia cierta qué día de febrero Málaga cayó o cómo se escribía Bethune. Lo importante es (y así lo resalta el nuevo modelo de Selectividad) que sean conscientes del porqué de los hechos, de sus consecuencias, de cómo esas atrocidades impactaron en las vidas de millares de personas y cómo aquellos crímenes permanecieron impunes.
Por último, quisiera contar la experiencia vivida en un encuentro de Ruta al Exilio de jóvenes de la I y II edición en Lekaroz (Navarra). En una misma sala estábamos reunidas unas cincuenta personas: cuarenta y cinco exparticipantes de entre 16 y 19 años y media docena de monitores y coordinadores en la veintena. Cuatro personas que participamos de la Desbandá, Marta, Carme, Lluïsa y yo, nos sentamos junto a ellas en un corro ya que éramos amigas y compañeras y les propusimos una dinámica. Esta consistía en que una persona voluntaria se levantara y leyera el guion que adjunto a esta memoria incluyo. Esta persona fue Germán, amigo nuestro de 18 años y estudiante de Hispánicas en Burgos. Otras cinco personas (representándonos a nosotras, pero también a las personas que hicieron la carretera en 1937) actuarían mediante movimiento corporal, danza, teatro de gesto, como sea que se le quiera llamar… los hechos narrados. En un principio, planteamos que cada vez que Germán hiciera una pausa (porque por ejemplo se había terminado un fragmento de importancia) las personas que estaban en el centro actuando se alternaran.
No obstante, nos dimos cuenta de que la alternancia se volvía muy ortopédica al tener que convencer a la gente para que saliera al centro y que progresivamente la gente dejaba de prestar atención a eso. Las personas que se querían aventurar a salir así lo hacían. Hubo risas por los movimientos burdos o torpes, por la improvisación de cómo representar ciertas palabras, por la literalidad o la figuratividad de ciertas personas, etcétera. Pero progresivamente las risas se apagaron. Las palabras de Germán, que dicho sea estudia teatro y se notaba la calidad de su lectura dramatizada, hacían mella y las cinco personas del centro comenzaban a ayudarse, a moverse más armónicamente y sentirse uno. Personalmente, me tuve que sentar y observar cómo esa idea de dinámica que se nos acababa de ocurrir para no hacer tan estático el taller funcionaba a la perfección. Varias personas al igual que yo acabaron visiblemente emocionadas y aunque fuera algo improvisado, informal, casual… lo sentimos como un homenaje, como una forma anímica de recordar y tener presente a aquellas personas. Después de esto, iniciamos una ronda de preguntas sobre la experiencia en la marcha, las vivencias, nuestra percepción en relación a la organización y sus diferencias con Ruta al Exilio y sobre cuál había sido nuestro papel. Les instamos a que se apuntaran si la figura del becario se mantiene en siguientes ediciones y a crear progresivamente una red joven para marchas memoriales (participaremos este mes de marzo en la Senda del Poeta en Alacant en homenaje a Miguel Hernández).
Asimismo, se inició un debate sobre la participación joven y las barreras que hallamos a la hora de acercarnos a este tipo de cuestiones. Se destacó sobre todo la falta de visibilidad de estas iniciativas más allá de la militancia política oficialista de la que nuestra generación se está desvinculando y a la que evidentemente no tiene que acercarse todo el mundo, así como el desinterés y distanciamiento que produce nuestro sistema educativo. También el hecho de que la mayoría de actividades y homenajes esté protagonizado por personas de una edad media bastante elevada impide que las personas jóvenes se acerquen pese a la buena voluntad de las organizadoras. Por eso se destacó la necesidad de generar espacios autónomos donde la juventud sea la participante, organizadora y protagonista para asumir relatos y encargos de memoria que le atañen de igual manera. Al hilo de esto, en el mes de abril estoy organizando personalmente una mesa redonda con distintas personas jóvenes sobre memoria y juventud y cómo lograr una mayor implantación e implicación en las generaciones nacidas tras 1975.
De igual manera, en el teatro García Lorca de Getafe (Madrid) inauguraremos una exposición con una serie de intervenciones artísticas en relación al exilio republicano que han sido producidas al hilo de Ruta al Exilio y estamos preparando también una marcha ciudadana por los lugares de memoria de esta ciudad. En la exposición mostraremos en un televisor plasma el vídeo-documental que estamos elaborando con el material grabado en la Desbandá y con el soporte del guion que escribí y que viene a continuación. En breve será enviado por los chats con los que contamos.
Con todo esto quiero decir que estamos siempre muy agradecidas por el trabajo infatigable de décadas que lleva en sus espaldas el movimiento memorialista, por esa lucha laboriosa sin la cual hoy no estaríamos donde y como estamos, pero que queremos ayudar y ser parte. Y para ello necesitamos voz. En esa búsqueda de nuestra cabida tendremos que crear organizaciones y espacios de juventud para garantizar que el hilo transmisor de la historia no se quiebre y para recoger acorde a los códigos y preocupaciones de las jóvenes el testimonio de todas aquellas personas que nos preceden. Una vez dicho esto, muchas gracias a la ASC la Desbandá por su enorme gentileza, generosidad y cariño; a las personas individuales que lo hacen posible y lo dan todo porque se pueda marchar cada febrero; a las supervivientes que son un faro en la oscuridad de la desmemoria y a todas aquellas personas que aún creen en los ideales republicanos. Para toda persona que llegue hasta aquí y me quiera preguntar cualquier cosa que probablemente no haya dejado clara, mis redes (twitter e instagram) son @andervillacian, mi correo electrónico es andervillacian@gmail.com y mi número de teléfono 654223715.
“Dicen los viejos que en este país Hubo una guerra
Que hay dos Españas que guardan aún El rencor de viejas deudas
Dicen los viejos Que este país necesita Palo largo y mano dura
Para evitar lo peor
Pero yo solo he visto gente Que sufre y calla, dolor y miedo
Gente que solo desea
Su pan, su hembra y la fiesta en paz
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Dicen los viejos que hacemos Lo que nos da la gana
Y no es posible que así pueda haber Gobierno que gobierne nada
Dicen los viejos
Que no se nos dé rienda suelta Que todos aquí llevamos La violencia a flor de piel
Pero yo solo he visto gente Muy obediente, hasta en la cama
Gente que tan solo pide
Vivir su vida, sin más mentiras y en paz
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá
Libertad, libertad Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira
Porque hay libertad Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá.”
ANEXO: GUION VÍDEO-DOCUMENTAL MAR DE OTROS
MAR DE OTROS
ESCRITO POR ANDER VILLACIÁN, EDICIÓN DE MARTA CRUZ DE LA HAZA, PRODUCCIÓN DE LOS ANTERIORES Y DE PAULA ARANDA Y LLUÏSA Y CARME NIEDDU
(Vídeo de la playa de Málaga, voz de Ander, sonido de las olas)
Voz en off 1: Algunas personas recuerdan muchas cosas de su infancia. La visitan con frecuencia como quien vuelve a un lugar que echa de menos, a un espacio geográfico en el que aflora una vez más esa sensación de libertad. A veces me gustaría poder hacer eso, ser capaz de acordarme de los pequeños momentos, de cómo era la voz de mis abuelos, de los juegos con los que me entretenía o de las preguntas que quería hacer. No lo hago, pero quizá eso sea lo más normal. Quizá lo que se espera de nosotros es que olvidemos, que enterremos bajo la arena todos aquellos días.
Hay algo de lo que sí me acuerdo. Es una imagen repetida de mis primeros años de vida, un lugar del que simplemente no puedo despegarme. Es el mar. Siempre he pensado que cada persona tiene una playa a la que volver, un mar que le es suyo. Para mí es aquella playa del norte con el sol tibio del atardecer en los últimos días de agosto, tratando de ser más rápido que las olas y derrumbando a base de patadas con mi hermana los castillos que habíamos construido. Son mis abuelos saludándome desde sus sillas a lo lejos o mi madre con la toalla en mano esperando para envolverme y protegerme del frío. Supongo que esa es la imagen que mejor condensa mi infancia.
Pero hay un mar que es de otros. Hay un mar en el que no se construyeron castillos de arena, ni en el que se pudo correr hasta alcanzar la línea del horizonte. Es el mar de los sin nombre, pero también de los que no olvidan. El mar de las supervivientes.
(Créditos iniciales, música)
V.O.1: Tengo diecinueve años, pero podría tener muchos más o muchos menos. Podría no estar leyendo estas palabras que he escrito en una madrugada o simplemente contar cualquier otra historia. Pero lo vamos a intentar, tengo diecinueve años, nací en el 2003 y lo que quiero contar sucedió 66 años antes de esa fecha. Era 1937. ¿Qué pasó ese año? Probablemente el mundo era muy distinto en 1937, Roosevelt gobernaba en EEUU, Hitler se había hecho con el poder tres años antes y todavía existían esos países como Yugoslavia o Checoeslovaquia que ni siquiera hemos conocido. España estaba en guerra y miles de personas morían cada semana.
Pero esta vez no vamos a contar esa misma historia de lo que mal llamamos Guerra Civil. Queremos contar algo que hasta hace no tanto desconocíamos y para ello nos vamos a 1937 y a Andalucía. A aquella Andalucía campesina, obrera, empobrecida por las políticas de abandono y a la que la guerra matará de hambre. Meses antes habían fusilado a su poeta y a al padre de su patria, Blas Infante. Las ciudades de Córdoba y Granada, así como Cádiz y Sevilla con el paso entre las dos para el acceso de soldados marroquíes cayeron del lado de los sublevados. Ya desde el inicio de la guerra un gran proceso de exilio tuvo lugar por toda Andalucía, personas de las provincias occidentales empezaron a huir hacia el este. Así comienza a gestarse el segundo mayor éxodo de la guerra de España.
A comienzos del 37 unos sesenta mil refugiados se cobijan en Málaga, vienen del campo de Gibraltar, de la provincia de Sevilla, del sur de Córdoba, de la serranía malagueña o de las comarcas de Antequera y Marbella. La ciudad, bombardeada, recibe como puede a los refugiados de la mano de mujeres como Lina Molina, militante comunista que dirigió el comité de acogida de refugiados y dijo que en aquellos días Málaga era “un centro de concentración”. Y ahí volvimos.
(Cambio de voz en off, habla Paula, imágenes salir de casa, tren si hay, ciudad de Málaga)
Voz en off 2: A Málaga nos fuimos cinco jóvenes con la esperanza de recordar, de hacer memoria de algo que ni siquiera había afectado a nuestras familias. Nos conocimos hace dos años en la ruta de los exiliados republicanos por la frontera de los Pirineos. Nuestra relación comienza allí, en aquellos montes del norte de Cataluña por los que pasaron a Francia medio millón de personas que acabaron internadas en campos de concentración, luchando en la Resistencia francesa, exiliándose al otro lado del océano o muriendo en Mauthausen (pronúnciese matjausen). Pero esa es otra historia.
Esta historia puede empezar quizá con un nombre, Norman Bethune, el nombre de un médico canadiense que decidió cruzar el océano para venir a socorrer a los heridos de la guerra en España. Como una de las causas más graves de muerte en el campo de batalla era la pérdida de sangre, Bethune creó el primer servició móvil de transfusiones de sangre con una ambulancia rudimentaria e improvisada. De Madrid se marchó a Valencia y de ahí a Málaga porque intuyó que allí sería requerido. Ojalá más hubieran tenido esa misma intuición. De mientras escribió un diario de lo que vio en la carretera de Málaga a Almería que probablemente sea la mayor referencia documental que poseemos para corroborar que esa atrocidad verdaderamente tuvo lugar. En sus palabras:
(Voz de Ander)
V.O.1: «…Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos. «
V.O.2: Aquellos sucesos de la carretera de Málaga a Almería hoy los conocemos como Desbandá, pero en realidad, como sucedió con la Guerra Civil, este es un nombre impuesto y que distorsiona la realidad. Desbandarse para la RAE quiere decir “desparramarse, huir en desorden y confusamente” o incluso “apartarse de la compañía de otros”. Pero las malagueñas a aquel suceso lo llamaron huía o corría. El nombre de Desbandá viene de Queipo de Llano, general jefe del Ejército del Sur, que por la radio atemorizaba a la población civil y hostigaba a las tropas. Desde aquella Sevilla que cayó rápidamente amenazó a la ciudad de Málaga diciendo:
V.O.1: “Me sentaré en un café de la calle Larios bebiendo cerveza y por cada sorbo mío caeréis diez”.
V.O.2: Este es el mismo Queipo de Llano que con el acrónimo “café” (camarada arriba, Falange Española) exigió “café, que le den café, mucho café” a Federico García Lorca. El mismo Queipo que fue el causante de que en Andalucía haya 614 fosas con más de 47.000 cuerpos, entre ellas la de Pico Reja en Sevilla, la segunda mayor de Europa, con ocho mil víctimas. El mismo Queipo de Llano que sacaron el 3 de noviembre del 2022 de la Basílica de la Macarena entre vítores franquistas, pero con la voz de fondo de Paqui Maqueda, familiar de víctimas del franquismo.
(Voz de fondo https://www.youtube.com/shorts/NubP7LCHv_M)
V.O.2: Aquella era Málaga la roja, la comunista más que Almería y que resistió siete meses a los embates sublevados. Aquella Málaga en la que las capillas de la catedral se tapiaron para guarecer a los refugiados, aquella Málaga desprovista y abandonada porque las armas y los hombres se fueron a la batalla del Jarama. Aquella Málaga en la que una vez tomada, María Gutiérrez Luque fue detenida por dar café a los refugiados, una taza de café de verdad.
Málaga cayó el 8 de febrero y como en muchas ocasiones los sublevados dieron un par de horas a las tropas marroquíes para violar y robar cuanto quisieran. Y comandados por el falangismo español se dijeron que en siete horas les bastaría para hacer todo aquello que los rojos no se atrevieron a hacer en siete meses: matar, violar y saquear. Construyeron campos de concentración en Torremolinos y Alhaurín el Grande.
No obstante, las cifras de la Desbandá no están claras. Pues se estima que entre 70 y 150 mil personas se echaron a la carretera. En ese momento la ciudad de Málaga no tenía más que 250.000 personas censadas. Fue entonces cuando los bombarderos españoles, alemanes e italianos, diecisiete buques capitaneados por los cruceros Cervera y Baleares (que aún tiene una calle en su honor en el barrio de Vallecas) comenzaron a bombardear a la población civil.
Un río de humanidad, una muchedumbre infinita es lo que hallaron Bethune, Thomas Worsley y Hazen Sise (jeisen sais). Sin embargo, en lugar de realizar transfusiones de sangre comenzaron a transportar a niños, ancianos y mujeres embarazadas como buenamente podían en su ambulancia. Eran 200 kilómetros de miseria, de almas harapientas, de hambre y de pérdidas irreparables.
(Vídeo historia nacimiento de la niña Esperanza)
V.O.1: No sabemos cuántos murieron, es imposible conocerlo. Muchos cuerpos acabaron en el mar y este se los llevó para siempre. Los bombardeos eran constantes por tierra, mar y aire y no solo apuntaban a la población, sino también a las montañas para que la destrucción fuera mayor y los refugiados quedaran sepultados. Los niños se acurrucaban con sus madres, pero muchos se perdieron y no volvieron a verlas. De mientras muchas familias de Granada, provincia partida en dos, se fueron uniendo al éxodo. El Socorro Rojo con la histórica militante Matilde Landa y la brigadista Tina Modotti, fotógrafa italiana, salvaron cientos de vidas en los hospitales de Almería y en las colonias infantiles donde cuidaban a aquellos niños huérfanos o extraviados que de tan pequeños que eran muchos no sabían su nombre y era casi imposible reunirlos con sus familias.
Llegaban con ojos de pus y goma, con las alpargatas blancas manchadas por las úlceras. Llegaban con un hambre de solo haber comido pan ácido y naranjas robadas, con bebés de frentes pequeñas y piernas llenas de llagas. Hubo incluso mujeres que estrangularon a sus hijos para que no se los llevaran los fascistas y que se suicidaron con un canto porque ya no podían más. El Socorro Rojo atendió a unos 22.000 refugiados. Bethune y Worsley volvían a Almería a pie para que cupiesen más personas en la ambulancia que los transportaba a esa ciudad pequeña con un puerto atestado y refugios escasos. Después de caminar entre y sobre muertos, Almería era una luz pues muchos se pensaban con ese analfabetismo heredado de siglos que después de esta se encontraba Barcelona y al poco, la frontera.
En Almería las familias acogieron refugiados que sufrieron un brote de tifus y el problema del hacinamiento. De ahí muchos continuaron su exilio, algunos a Argelia, otros se quedaron en Valencia, los hubo que volvieron porque no todos tenían vinculación con la República pues muchos huyeron por simple miedo y otros siguieron hasta marchar en el 39 por la frontera francesa. Exilio de años, de campos de concentración, de miles de kilómetros. Se estima que 45.000 andaluces cruzaron la frontera como refugiados, pero al llegar a Francia fueron tratados como ratas sufriendo hambre, miedo y enfermedad en un campo de concentración como el de la playa de Argelès en un frío febrero.
Aquella gente venía de noche para burlar los bombardeos, pero al pasar por Torre del Mar, el farero Anselmo Vilar decidió no encender la luz y los ataques aquella noche se detuvieron. Tras la llegada de los sublevados, Anselmo fue fusilado en la noche del 9 de febrero. Quedan aún huellas en el paisaje como escasos recordatorios o la presencia de lugares como el río Guadalfeo en Salobreña donde hubo suicidios colectivos pues el puente fue volado y no hallaban forma de cruzar.
Hay mucho más que podríamos contar. Historias, voces silenciadas, nombres enterrados de mujeres. Pero de momento queremos dar las gracias. A las que resistieron y sobrevivieron, a las que como dijo Ernestina de Champourcín siguieron “caminos que nadie les señala”, a las antifascistas, a las mujeres brigadistas y del Socorro Rojo: a Tina Modotti, Matilde Landa, a las inglesas Lea Manning, Isabel Brown o Linda Stuart. A las supervivientes que nos han acompañado en institutos, en el camino, en el recuerdo. A Amparo Sánchez Monroy, a María Hidalgo Guerrero, a Manuel Triano Simón y a Ana Pomares Ruiz que cumplió
95 años entre banderas republicanas. A la Asociación Sociocultural de la Desbandá que cada año lo da todo para que cientos de personas, casi un millar, podamos hacer este camino y honrar a aquellas mujeres y hombres que caminaron junto a un mar que les negaron. Junto a un mar de otros que hoy podemos hacer nuestro encendiendo en esta noche eterna la luz de la memoria.